Conocí a David en una etapa concreta de su vida. Junto con Sara abrió, con muy buen ojo, un bar en Altea llamado AlteArte. Para toda una generación de estudiantes de Bellas Artes, la única que hay en Altea, reforzando su fama de hogar de artistas, aquel sitio se convirtió en algo más que un bar. Era un rincón bohemio que acabó teniendo alma propia.

Allí se mezclaba gente de todo tipo: artistas, viajeros, estudiantes, personas de distintos países… Siempre había conversaciones, ideas, conexiones. Cualquier noche podía convertirse en algo especial. Y en medio de todo eso estaban David y Sara, haciendo de punto de unión entre mundos muy distintos.
Muchos artistas jóvenes —yo entre ellos— encontramos allí un lugar donde enseñar lo que hacíamos, compartirlo y sentirnos parte de algo.

Cuando terminé mis estudios y dejé de vivir en Altea, seguí pasando de vez en cuando. Parar en AlteArte era casi obligatorio. Hasta que un día lo vendieron. Recuerdo bien ese cierre: se llenó de gente. Fue como despedir una etapa entera. No solo para ellos, también para todos los que habíamos pasado por allí. Se cerraba una cápsula de recuerdos.
El año pasado, en 2025, la vida me trajo de vuelta a Altea para dibujar caricaturas. David me abrió las puertas de su casa, y convivimos primavera y verano.

Ahí fue cuando lo conocí de verdad, fuera del contexto del bar.
Vi a una persona sensible, muy pendiente de los suyos, con una forma muy honesta de estar en el mundo. Tenía esa mezcla de creatividad e impulso que le llevaba siempre a estar pensando en ideas nuevas, proyectos, caminos. Y también sus dudas, sus preocupaciones, sus ganas de que las cosas salieran adelante.
Este año tenía previsto volver en mayo de 2026. Pero antes de eso llegó la noticia de su fallecimiento, de forma repentina.
Nunca había vivido la pérdida de un amigo así.
En el funeral entendí muchas cosas. Vi gente de distintas generaciones: compañeros de Bellas Artes de hace años, gente más joven, personas mayores, clientes que habían acabado siendo amigos. No cabía todo el mundo en los bancos de la sala.
Y ahí te das cuenta de lo que deja alguien así cuando se va.
No son solo recuerdos sueltos. Es todo lo que generó alrededor: los encuentros, las conversaciones, las oportunidades, los vínculos.

Al final, lo que hicieron David y Sara en Altea va más allá de un bar. Creó un espacio donde pasaban cosas de verdad. Donde la gente se encontraba, compartía y, sin darse cuenta, formaban parte de algo.
Y eso no desaparece cuando cierras una puerta o cuando alguien se va.
Se queda en la gente. En los que estuvimos allí. En la forma en que seguimos creando, conectando y recordando.
Ese es, al final, su legado.
