El sábado pasado fue de esos días que acaban pesando en las piernas… pero que luego recuerdas con una sonrisa. Me tocó hacer doblete de nuevo: primero en Benissa, en el Oceana Club, y después carretera hasta Murcia para la boda de Zaida y Javier, en la Finca Jurosa.
Dos ambientes completamente distintos, pero con algo en común: gente con ganas de pasarlo bien.

La primera parada fue en Benissa. El sitio es de esos que no necesitan mucha decoración. Sales a la terraza y tienes el Peñón de Ifach plantado delante. Eso ya hace mucho. Yo llegué con tiempo, monté mi rincón y en cuanto empezó el cóctel, lo de siempre: miradas curiosas, gente que pasa por delante, sonríe… y alguno que se sienta sin pensarlo demasiado.

Y en mitad de todo eso pasó algo que no es nada habitual. Mientras estaba dibujando a una pareja, empezó a haber movimiento en la terraza. La gente miraba al mar, señalando. Levanté la vista un momento y ahí estaban: varios delfines pasando cerca de la costa. Se veían perfectamente desde donde estábamos. Durante unos minutos, todo el mundo dejó lo que estaba haciendo. Fue uno de esos momentos que no se pueden planear y que le dan a la boda un recuerdo distinto. Yo seguí dibujando, pero con ese ambiente alrededor que no se olvida. Tenéis video más completo en IG https://www.instagram.com/caricaturashb/?hl=es


En bodas así, el cóctel funciona muy bien para las caricaturas. La gente todavía no está sentada, se mueve, charla, y en cuanto ven que alguien sale con un dibujo en la mano, empieza el efecto llamada. No hace falta decir nada. De hecho, cuanto más natural sale todo, mejor.

Recuerdo una pareja que se sentó al principio. Venían un poco con la duda de “a ver qué sale de aquí”. Mientras dibujo, siempre hay ese momento de silencio curioso, en el que la persona está pendiente del papel pero no quiere mirar demasiado. Cuando se la entregas… ahí es donde está la gracia. Se ríen, llaman a otros, enseñan el dibujo. Y ya tienes a tres más esperando.

También pasó algo curioso. Una señora se acercó a pedirme si podía dibujar a su padre, que estaba muy mayor y no podía venir a mi sitio. Me colgué el tablero y allí lo dibujé. Cuando terminé, se quedaron mirando el papel un rato más de lo normal. Se les veía ese gesto de “esto nos lo guardamos”. Son reacciones más silenciosas, pero igual de especiales.
Eso es algo que pasa mucho y que desde fuera no se ve: el ambiente se crea solo. Yo simplemente estoy ahí dibujando.
Después de un buen rato, recogí y tocaba carretera. Cambio total de escenario. De la costa al interior, hasta el Campo de Cartagena. Llegué justo para empezar en la finca.
La boda de Zaida y Javier era más numerosa. La Finca Jurosa tiene ese rollo de campo abierto, sin prisas. Aquí el ritmo es distinto. La gente se sienta más, charla más largo… y las caricaturas entran de otra manera.

En este caso me coloqué en un punto fijo durante la barra libre. Es donde mejor suele funcionar cuando ya ha pasado todo lo “formal” de la boda. La gente ya está suelta, sin protocolo, y es cuando más se animan.

Hubo un grupo de amigos que estuvieron viniendo de uno en uno. Primero uno, luego otro, luego otro… hasta que acabé dibujando prácticamente a toda la mesa. Entre ellos se picaban, se reían, comentaban los dibujos. Ese tipo de dinámica es oro en una boda. No es solo el dibujo, es el rato que se genera alrededor.

Al final, el día fue largo. De esos que empiezan con luz de tarde frente al mar y terminan de noche en mitad del campo. Cansado, sí. Pero también de los que te recuerdan por qué este trabajo engancha.
Cada boda es distinta. Cambia el sitio, cambia la gente, cambia el ritmo… pero hay algo que se repite siempre: cuando alguien se lleva su caricatura, no es solo un dibujo. Es un momento de la boda que se queda con ellos.
Y eso, sin hacer mucho ruido, acaba siendo parte de la fiesta.
